ARCO IRIS, MÚSICA Y FILOSOFÍA – LOS LÍMITES DEL DOCUMENTAL

La duda que siempre aparece ante los documentales –y en especial en los que abordan una historia en particular, como éste- refiere a la disponibilidad de materiales. Previo a la visión, el espectador potencial puede moverse entre la duda –teniendo en cuenta la habitual carencia y descuido de los archivos visuales en Argentina- y la certeza –la perspectiva de que se haya encontrado algo-, aunque ello conlleve el riesgo de priorizar la novedad, esa pieza desconocida del rompecabezas, antes que la obra en su totalidad. Después de la visión, si lo que primó fue la limitación, la pregunta que surge es si en verdad no hay material o si la producción se autolimitó –ya sea por motivos económicos o no- y no buscó lo suficiente. En Arco Iris-Música y filosofía, la duda persistirá: la ausencia de material fílmico sobre la banda es casi total y es reemplazada por un profuso archivo fotográfico. La pregunta a responder entonces, se vuelve otra, se convierte en si eso que vemos alcanza para constituir una obra.

La estructura del documental es sencilla. Se sostiene especialmente en las entrevistas a los miembros originales del grupo –Gustavo Santaolalla, Guillermo Bordarampé, Ara Tokatlian más una entrevista de archivo con Dana- y a los dos bateristas –Cascino y Giannello-, a los que se agregan un puñado de entrevistas colaterales –Miguel Krochik, León Gieco-. Entre unas y otras, el hilo conductor es la discografía del grupo, desde los primeros simples hasta su último disco de estudio con la formación original, antes de la partida de Santaolalla. Los dos elementos reconstruyen la cronología del grupo y dejan entrever la evolución desde los primeros temas –más cercanos a un pop comercial- hasta el buceo en la fusión con la música de raíces latinoamericanas de los dos últimos discos (Sudamérica o el regreso de la aurora y Agitor Lucens V). Pero especialmente las entrevistas tienden a resaltar tanto el rol de guía que ejerció Dana en los primeros tiempos como la evolución compositiva de Santaolalla. Más que esos elementos, sin embargo, los que constituyen una base para comprender los roles internos, lo que le da algo de vuelo al documental es lo anecdótico, en tanto es en ellos donde se define la relación que el grupo entabla con el entorno. La vida en comunidad y el acercamiento a filosofías orientales que hacía que fueran observados como “raros” dentro del ambiente del rock de la época; la referencia a la participación en el Festival de la Canción de Mar del Plata; el show que dieron en la cancha de River; la colaboración con Oscar Araiz –que parecía abrirles las puertas de Europa-; el camping musical de Bariloche del que participaron o los recuerdos de las primeras grabaciones, aparecen antes que como mojones históricos, como señales de un camino cronológico que logra escapar de la lógica de composición/grabación/presentación en la que el documental parece apoyarse.

El problema de muchos de estos documentales es algo que excede incluso a la disponibilidad de materiales. Que en este caso se traduce en una limitación seria, en tanto no parece haber registros cinematográficos o en video de Arco Iris –salvo por un par de breves escenas-. El hallazgo de algunos elementos sonoros inéditos puede funcionar para sustentar la película, aún cuando tiende a ceder a la tentación de la memoriabilia. El problema real de Arco Iris-Música y filosofía es la ausencia de una decisión previa para pensar a partir del material que se dispone. Al ceder el primer plano al peso de las entrevistas, al no incluir una mirada que permita observarlas desde otro lugar, se resigna la posibilidad de (re)interpretar la significación que tuvo el grupo, más allá de la visión que sus miembros le imponen. Ello genera un efecto extraño, en tanto deriva al documental a un territorio intermedio y al borde de la indefinición, entre el fan film que se desinteresa en la posibilidad de ampliar su público y el del documental de formulación tradicional que busca poner en escena aquello que el espectador más imparcial no conoce. Lo que falta, en todo caso, es una profundización de las líneas que las entrevistas esbozan en algunos momentos –quizás la más interesante sea ese pasaje musical que se produce a lo largo de los años- o encontrar una línea que no sea la mera cronología para organizar el material. La sensación es que aquí la limitación no logró derivar a la exploración de las ideas, a aguzar el pensamiento para potenciar la mirada de los protagonistas. Lo que falta, en fin, es la decisión de una puesta en escena, de un discurso personal, de un relato que exceda la simple exposición para buscar otros sentidos, otros significados posibles en la historia de un grupo musical.

 

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